La salsa carbonara no es solo para pasta, el toque vegetal del puerro equilibra perfectamente la potencia del queso y el guanciale, creando un plato que se deshace en la boca y que, sinceramente, engancha desde el primer bocado.
El gran secreto para que te salga una carbonara de diez (y que no parezca una tortilla francesa con verduras) es el control del calor. Y tienes 2 maneras de hacerlo:
¿Guanciale o bacon?
Si te preguntas por qué los italianos se ponen tan serios con el guanciale, la respuesta está en la grasa. El guanciale viene de la mejilla y papada del cerdo; es una pieza mucho más grasa y curada con pimienta y especias, lo que le da un sabor profundo y una textura que se funde en la boca. El bacon, en cambio, suele ser ahumado y viene del vientre, por lo que aporta un toque de humo que puede "tapar" el sabor delicado del puerro. Pero oye, si no encuentras guanciale, un buen bacon ahumado o una panceta ibérica te van a dar un resultado riquísimo.
¿Pecorino o parmesano?
El Pecorino Romano es un queso de oveja, más salado y picante que le da un "punch" a la salsa y es el queso de la receta clásica. Pero si no encuentras, usa un buen Parmesano (Parmigiano Reggiano) es un queso de vaca, más dulce y con notas a frutos secos. También puedes hacer un mix al 50% de los dos para equilibrar la potencia del Pecorino con la elegancia del Parmesano. Lo único importante es que sea queso de verdad, recién rallado, para que se funda con el huevo y quede una buena carbonara.
Al final lo importante es que te animes a preparar una buena carbonara (sin nata), ya verás que no es complicada y el resultado es espectacular.